Misa Crismal y Renovación de Promesas de Ordenación

Con la alegría de celebrar el amor de Dios en comunidad, el pasado 11 de abril el clero de nuestra Diócesis se reunió en la Parroquia San Andrés en Mayagüez para celebrar la Misa Crismal y Renovación de Promesas de Ordenación junto al Obispo, Rvdmo. Wilfrido Ramos Orench y al Obispo-electo Rafael Morales.

 

Durante su Homilía, nuestro Obispo, Wilfrido Ramos, nos dio su siguiente mensaje:

 

Homilía Rvdmo. Wilfrido Ramos Orench en Misa Crismal

"Y a ustedes los llamaran sacerdotes del Señor;

siervos de nuestro Dios".  Isaías 61:1

 

Buenos días hermanos y hermanas sacerdotes del Señor.  También a ustedes mis queridos Diáconos y Diáconas. Todos somos siervos de Cristo Jesús a quien nos debemos, y en quien tenemos nuestro ser.  Dios los bendiga a todos y todas.

 

No pueden imaginarse cuanto significa para mí el poder estar con ustedes en esta ceremonia de Renovación de Votos de Ordenación como comunidad de discípulos y discípulas del Señor.  Como bien sabemos, esta es una práctica espiritual milenaria en nuestra tradición cristiana.  He tenido el privilegio de celebrarla con ustedes durante los pasados tres años de mi episcopado.  De ahora en adelante les corresponde hacerla con mi sucesor, nuestro Obispo Electo el Padre Rafael Morales.  La misma es símbolo y señal de nuestro amor y solidaridad en servicio a Dios y a su Iglesia.

 

Eche muy de menos el estar con ustedes en nuestro recién Encuentro - Retiro en Casa Manresa.  Lo mismo en las exequias fúnebres de nuestro hermano presbítero Robert Wainwright.  Muy bien saben, que estoy recuperando de una lesión en mi espalda.  Momentos como estos nos fuerzan a lidiar con nuestra vulnerabilidad y fragilidad humana; a abrirnos a entender el plan providencial de Dios para con nosotros.  Recientemente le decía al Padre Rafael que esto nos obliga a examinar y manejar en la forma más creativa posible las imágenes de luz y sombra que nos rodean y condicionan, con la certeza de que Dios, Emanuel, está con nosotros y todo está en manos de Él.

 

Ahora les ruego un momento de silencio en memoria de nuestro hermano Robert y los muchos que nos han precedido.  Por la misericordia de Dios descansen en paz en su gloria eterna con todos los santos y santas en luz.  Oremos por Carmen, su viuda, su amada hijita Valeria y todos los deudos en estos momentos de pérdida y duelo.

 

El servir a Cristo nos trae mucha alegría y regocijo, pero a la misma vez, abundantes retos y sufrimientos.  Es lo que Dietrich Bonhoeffer, optó por llamar: "El precio o costo del discipulado".  Las 'buenas nuevas' por lo general van acompañadas de 'duras o pesadas noticias'.  Por eso estamos una vez más aquí como comunidad de discípulos regocijándonos con el Señor Jesús quien se ofrece a nosotros en amor, y añadiría yo, 'lavando nuestros pies', para que hagamos lo mismo entre nosotros y con los demás.

 

El lavado de pies tiene un significado y simbolismo muy particular, a mi humilde entender, de carácter sacramental.  Expresa la humildad y sencillez radical del Hijo de Dios que debe ser nuestra 'regla de vida': el amor incondicional; el darnos plenamente sin esperar nada en retorno; el poder reconocer lo peor en otros, más, sin embargo, ser compasivo con ellos; el poner la otra mejilla y perdonar setenta veces siete.  Al fin y al cabo, en palabras simples, el apropiarnos y seguir el modelo de Jesús.

 

Como muy bien alguien ha señalado, "Los pies sucios están bien embarrados y lastimados, pero somos llamados a lavarlos y restaurarlos."  En síntesis, somos llamados a anunciar y proclamar el Evangelio como Buenas Nuevas del Señor a la luz de la 'dura realidad' de crisis y tragedias de la sociedad y el mundo que somos llamados a ministrar.  Precisamente este es el mensaje que nos trasmiten tanto el pasaje del Profeta Isaías como el pasaje del Evangelio señalados para hoy: "Proclamar las buenas nuevas a los pobres, visitar a los enfermos y a los están en prisión"; ¡ser la presencia misma del Cristo resucitado!

 

Pienso que en un día como hoy, y cada día en nuestro peregrinaje de fe, debemos lavarnos los pies unos a los otros para equiparnos y lanzarnos de lleno a la empresa de misión que Dios nos tiene por delante, ardua y difícil, pero a la misma vez, altamente gratificante.

 

Nosotros los cristianos, Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, vivimos siempre en ese incierto umbral entre el Viernes Santo y la Pascua de Resurrección.  Proclamamos que somos un pueblo resucitado, pero en nuestro diario vivir somos expuestos continuamente a las marcas de la cruz.  Como bien decía el gran filósofo alemán Nietzche: "Cristo estará en agonía hasta el final de los tiempos..."

 

Es esa agonía la que palpamos cuando vemos en la televisión poblaciones inocentes siendo cruelmente bombardeadas y expuestas a agentes químicos; la creciente disparidad en los que tienen mucho y los que no tienen nada; el poder y el control desmedido que se manifiesta a tantos niveles en el nuevo gobierno del Presidente Trump y la Junta Fiscal Federal; escenas como la creciente avalancha de horrendos crímenes y violencia que azota nuestra amada Isla; la 'alacena vacía' en tantos hogares; el fervor y la energía de nuestro juventud universitaria que no quiere darse por vencida ante las injusticias y el masivo éxodo profesional que estamos confrontando.

 

Tal vez como piensan algunos teólogos, vivimos en el fin de los tiempos, pero diría yo, todavía no al final de los mismos.  Esto nos da rayos de luz y esperanza que alimentan y sostienen nuestra fe.  ¡Hoy es Viernes Santo, pero mañana ha de ser Pascua de Resurrección!  Por lo tanto, tenemos que mantener la perspectiva de la esperanza y la fe, y jamás darnos por vencidos, nunca claudicar.

 

Hay más, mucho más en Cristo.  La victoria final de un nuevo orden de vida, verdad, justicia, igualdad y paz está por delante.  Nos toca a nosotros participar y contribuir de lleno en la realización del mismo, pues somos el Cuerpo resucitado de Cristo.  De aquí el llamado a transformarnos continuamente para amar y servir al Señor.  Confió en Dios le den seguimiento a este proceso de transformación, desde luego, desde nuevas vertientes.

 

He de concluir esta mi homilía haciendo referencia a unos sabios pensamientos de un autor que cautivó mi imaginación en su inspirador libro, Lunes con mi Viejo Pastor.  Don José Luis Navajo, de Castilla la Vieja, nos da los siguientes consejos.  ¡Ojalá los podamos adoptar y hacerlos nuestros!  Leen así:

 

Principio número uno

Todo comienza amando a Dios. O amamos a Aquel a quien servimos o nuestro servicio se tornará en trabajo arduo y fastidioso.  No trabajes para la Iglesia de Dios, sirve con el Dios de la iglesia.

 

Principio número dos

Observa y preserva la salud de tu familia.  Una de las credenciales más ponderosas de tu ministerio es tu familia, comenzando por tu matrimonio.

 

Principio número tres

Dedica tiempo de calidad a la Biblia.  Cualquier otro libro informa, la Biblia transforma.  Todo los demás contienen datos; la Biblia contiene poder.

 

Principio número cuatro

O amas a quienes sirves o terminaras por dejar de servirles.  Es imposible dedicar la vida a servir a aquellos a los que no amamos.  Cuando se agota el amor, placer de servir se convierte en obligación y la ilusión en decepción.

 

Principio número cinco

Eres valioso. No eres uno entre un millón, sino uno entre los seis billones de personas que pueblan el planeta tierra.  Solo tú puedes ser tú.

 

Principio número seis

Sé capaz de perdonar. Es imposible avanzar bajo el peso del rencor. Y, a la vez, sé capaz de perdonarte. Cuando te equivoques, recuerda que fracaso no es fallar, fracaso es no intentarlo otra vez.

 

Principio número siete

Pisa la tierra firme.  Después de tus mayores triunfos recuerda que tus pies siguen siendo de barro.  Sobreponte a los fracasos, pero no dejes que tus triunfos te venzan.

 

Principio número ocho

Ora. Convierte a la oración en un hábito.  Minutos con Dios hacen rentable el día.  Horas con Él vuelven triunfante la vida.

 

Principio número nueve

Ríe cuanto puedas y hazlo diariamente.  La risa tiene propiedades curativas y es un don del cielo.  Camina, corre, juega y ríe.

 

Principio número diez

Grandeza en saber mantener la humildad.  Dios no busca estrellas fulgurantes, prefiere vasos de barro para administrar su tesoro.

 

Principio número once

Responde con fidelidad a quien te ha elegido.  La fidelidad se demuestra permaneciendo donde Dios nos puso, aunque nuestra parcela esté radicada en la ladera más dura del monte.

 

Principio número doce

Aprende el inmenso valor de las pruebas y de las dificultades.  Los cielos más hermosos siempre corresponden a los lugares más oscuros, y los momentos más difíciles son puertas a las mejores oportunidades.

 

Principio número trece

¿Cambios en la noche? ¡Nunca! Aguarda a que amanezca.  No hagas mudanza en tiempos de tempestad (Agustín de Hipona).

 

Principio número catorce

Integridad: Un valor cotizadísimo en cielo y tierra.  Antes que lo que haces está quien eres y cómo eres.  Antes que tu función esta tu vida.

 

Principio número quince

Aprende a crear equipo.  Jesús trabajó entre los pocos para enviarles a los muchos.  La clave de la efectividad no consiste en hacer uno mismo el trabajo, sino en reconocer a la persona apropiada para hacerlo.